El complejo mundo de las tecnologías
Apreciados colegas tecnológicos; un portero servicial y cumplidor no conoce días festivos, pues el portal siempre está ahí. Ni domingos ni festivos me alejan ni un centímetro de esas obligaciones que he asumido con devoción y entrega. Todas y cada una de las mañanas del año bajo bien temprano a mis dominios para pasar revista a los elementos (o atrezzo, que dirían los del cine) de la portería: el ficus que adorna una de las esquinas, el coqueto paragüero dorado al lado de la garita y el sofá de cuero (sin duda, joya de la entrada del edificio; pocos vecinos hacen uso de él, pero yo lo cuido como si fuera un hijo). Generalmente, el conjunto se presenta limpio e higiénico, pero poco me cuesta pasar un poco la escoba.
Ahora mismo, con la satisfacción del deber cumplido, me siento de nuevo ante esta asombrosa maquinaria que me contacta con ustedes, y lo hago con no poca vergüenza, dejen que me explique. Ayer mismo me vi en la imperiosa necesidad de molestar el señorito Riki, del quinto izquierda, para que me sacara de un atolladero informático en el que me metí yo solito debido a mi condición primeriza en el mundillo de las computadoras. Ustedes, avezados cibernautas, duchos en el manejo del ordenador a pesar, en muchos casos, de su extrema juventud, saben bien qué es y para qué sirve la bandeja extraíble del compact disc, pero yo, que he nacido ayer mismo, como quien dice, al manejo de estos aparatos, nunca había asociado tal objeto a la posibilidad de escuchar música (cosa que siempre he hecho con un transistor de tecnología japonesa y bajo consumo de dos pilas alcalinas). A lo que iba: yo utilizaba dicho soporte para sujetar los cafelitos que me traía del bar de al lado, convenientemente servidos en un vaso de cartón que, por su tamaño, parecía diseñado expresamente para ser encajado en la abertura circular de esa bandeja extraíble. La cosa es que ayer se me quedó atascada y no había manera de que entrara de nuevo; cuando le pedí ayuda al señorito Riki se mostró harto sorprendido y me dijo, literalmente: «Flores, ¿de verdad usa el reproductor de cedés para sujetar la bebida? ¡Yo creía que eso era una leyenda urbana!». Comprendan mi turbación; sé que soy apreciado en este edificio y conocido en el barrio, pero que todo un propietario me califique como «leyenda» no puede sino llenarme de orgullo y satisfacción; detalles así son los que gratifican y dignifican mi profesión.
En fin; además de poner dicha bandeja de nuevo en funcionamiento (por el simple método de apagar y encender el ordenador), el señorito Riki me explicó su correcto uso, enseñándome de paso un programa específico que, por lo visto, mi modesto equipo informático tenía instalado con la única función de reproducir discos compactos. En efecto; los graciosos agujeritos que forman dos círculos en la parte baja de mi pantalla resultaron ser altavoces y no un adorno al estilo de los zapatos de atar que yo luzco en las mejores ocasiones. Estos descubrimientos me han hecho pensar en la cantidad de funciones, desconocidas para mí, que esconderá esta computadora; creo que tendré que revisar con más atención la Guía Práctica para el Informático Novato que me regaló mi cuñado.La buena noticia surgida de este embrollo tiene mucho que ver con el motivo de mi presencia en este blog, pues he estrenado la reproducción musical de mi equipo informático con la banda sonora de la película Cándida, como lo oyen. Resulta que don Guillermo Fesser, a la sazón director del largometraje, tuvo la deferencia de regalarme en el preestreno un ejemplar de la misma; reconozco desde aquí que le di las gracias efusivamente, aunque en aquel momento yo no sabía dónde ni de qué manera podría escuchar aquel disco compacto.
Ayer mismo, con la ayuda del señorito Riki, me deshice, con gran esfuerzo, del envoltorio de celofán que recubría la carcasa, introduje el disco en la bandeja y disfruté de un conjunto de canciones emotivas, sinceras, cariñosas y coherentes con la idea de la película.
Ya les he hablado de Antonio Pitingo (les recuerdo que actuó en el pase de prensa y en la fiesta posterior al preestreno, ¡qué trajín!) y la estremecedora versión que hace de «Gwendolyne» (ahora, con el disco delante, sí sé cómo se titula), pero también está David Broza con una preciosidad titulada «La vida secreta de las pequeñas cosas»; una canción del combo Super Ratones que se llama igual que el libro que don Guillermo ha escrito sobre Cándida; otro tema de una artista que debe ser extranjera, pues responde al nombre de Natalie Merchant; varias composiciones originales de Cope Gutiérrez y muchos otros detalles que convierten el disco en una delicia. Ya sé que es muy cómodo hablar desde la gratuidad con la que yo he conseguido el disco, pero háganme caso y adquieran un ejemplar; además de pasárselo en grande (y de paso recordar vivamente la película), sepan que todos los beneficios de la venta del CD irán destinados a la Fundación Gomaespuma, ONG dedicada desde hace 10 años a llevar ayuda a los lugares más necesitados.
Nada más por hoy. Espero que hayan pasado unas fiestas de rechupete; que hayan tenido cuidado con las digestiones pesadas, la ingesta abusiva de espirituosos y las trifulcas familiares. A su servicio, Flores, portero conserje.







