Los consejos de limpieza de mi amiga Cándida
Amigos y amigas del espacio virtual, al habla Flores, servidor de lo que se tercie y biógrafo oficioso de Cándida Villar. Digo “al habla” y digo bien, pues la lentitud con la que tecleo mis pensamientos (para que se hagan una idea: me sobran ocho dedos entre ambas manos), me anima a recitar el texto en voz alta al mismo tiempo que lo materializo en mi pantalla plasma.
Como ya he apuntado en algún post, Cándida y yo tenemos más afinidades que las derivadas de una educada relación de afecto y trato continuado, pues ambos servimos a los mismos dueños; yo me ocupo del edificio justo hasta la puerta de los propietarios y a partir de ahí, es ella quien toma las riendas de la correcta administración, cuidado y mantenimiento de los dos pisos en los que trabaja. De alguna manera nos hemos covertido en piezas necesarias del engranaje que hace funcionar esta comunidad, es decir, somos como el Jim y el Jean, que aunque nunca sé quiénes son, siempre los ponen como ejemplo de personas fundamentales y complemetarias.
Es por ello que atiendo con especial interés todos los consejos de limpieza que la buena de Cándida ha ido atesorando a lo largo de una vida de entrega, sacrificio y limpieza extrema. Y no crean que el canal informativo es unidireccional; modestamente, yo también comparto con nuestra común amiga los más insólitos trucos que durante años he ido descubriendo, tanto en mis charlas con las innumerables empleadas domésticas que he tratado a lo largo de mi carrera, como en esas páginas que las revistas femeninas dedican a desgranar las asombrosas cualidades limpiadoras del bicarbonato, el vinagre o la sosa cáustica (para serles sincero, conservo muchos de esos recortes en una carpeta de cartón Centauro).
A Cándida le gusta el planchar como a un vikingo comer con los dedos (ya ven que las aficiones no conocen explicación ni fundamento). Yo le he preguntado en no pocas ocasiones cómo es que le cunde tanto planchar, pero ella se encoge de hombros y me suelta otro de sus irrefutables argumentos: “Pues a ver, porque me gusta, que le voy a hacés”. Ella asegura que para cualquier mancha en la ropa, lo mejor es meter la prenda en agua hirviendo con una cuchara de plata, ¿qué les parece? Cuando oigo esas cosas siempre pienso en quién habrá discurrido tamaña ocurrencia, y tentado me veo de ponerme a hervir agua y ropa junto a los más inverosímiles objetos (un reloj despertador, una pulsera antireuma o mi dentadura) para ver si alguno de ellos obra el milagro de recuperar el blanco luminoso de las prendas delicadas. También dice Cándida que las manchas de vino hay que frotarlas con limón y una punta de sal y dejarlo secar, aunque yo le digo que lo que hay que hacer con el vino es beberlo con orden y concierto, no derramarlo por la camisa.
Para el parqué que mi edificio presenta en algunas zonas comunes, me recomienda meterle primero mistol y después cera con la fregona. Con la fastidiosa moqueta, lo primero es pasar el aspirador para sacar el polvo y después darle amoníaco con un cepillo o un trapo seco. Para los adornos dorados que rematan el señorial pasamanos de la escalera va muy bien el sidol, y para que dure más, lo mejor es enjabonarlo después. Y como Cándida es generosa, también me ofrece trucos que van más allá de la aplicación en portal y escalera para que yo mismo mantenga mi cuarto de baño como los chorros del oro: las manchas en la bañera requieren bicarbonato, los baldosines lavacristales y el suelo mistol de toda la vida.
Caramba, no pensaba yo que escribir sobre estos temas pudiera fatigar tanto como la misma limpieza, pero ya siento cierto agarrotamiento en los dos dedos índices con los que martilleo este teclado, así que, con su permiso, me retiro al sillón orejero que preside mi sala de estar para degustar una copita de vino dulce, por supuesto sin derramarlo y a su salud.







