Los hijos de Cándida

Auto Fecha Lunes 18 de Diciembre de 2006

flores1.jpgApreciados colegas de teclado; al carecer mi equipo informático del periférico conocido como «cámara web», creo conveniente apuntarles brevemente el aspecto que luzco mientras tecleo estas líneas. Sepan que he adquirido una preciosa gorra blanca con visera de charol en azul oscuro y ancla dorada bordada en el frontal; siempre que me conecto a la red de redes me calo dicha prenda para navegar como dios manda y hacer honor a mi recién estrenada condición ciber-náutica.Mi cuñado no sabe nada de ordenadores pero es un hacha, si me permiten la expresión, buscando gangas en las librerías de viejo; él me ha conseguido la Guía Práctica para el Informático Novato, un precioso libro con poco texto y simpáticos dibujos, ideal para iniciarse en el apasionante universo de la información virtual. En el primer capítulo he leído que nuestros ordenadores están compuestos de un sistema digital con tecnología microelectrónica capaz de procesar datos. Es una frase que no acabo de comprender, pero que me encanta recitar en voz alta (entre nosotros, pienso soltársela al señorio Riki, el del quinto izquierda, en cuanto asome por el portal).
Si la memoria no me falla (tanto la RAM como la otra), no les he hablado aún de Javi o Julián, los hijos de Cándida, y también puedo hacerlo pues en ocasiones acompañan a su madre hasta el trabajo. Vaya por delante que son buenos chicos, limpios y cariñosos, pero, como dice la propia Cándida, no les vendría mal «enderezar» algo su vida. He hablado poco con Javi pero sé que lo que más le gusta es cantar, el aire libre y los yogures de coco. Desde que lo conozco anda en trámites de obtener plaza en una granja (la verdad, no sabía yo que las actividades agropecuarias tuvieran tanta demanda) y siempre repite la criatura que en cuanto tenga trabajo le comprará a su madre un chalet con una parcela llena de arciprestes, ya ven qué cosas.
El otro zagal se llama Julián; trabaja de vez en cuando dándole a la manguera de barrendero y vive en un mundo particular e intransferible, pues asegura, sin asomo de mueca, que los marcianos le mandan mensajes a través de los anuncios que salen en la tele. Se lo tomarán ustedes a risa, pero el muchacho lo dice tan serio que en alguna ocasión me ha parecido ver cosas raras en la teletienda de madrugada. Aunque una vez se escapó del manicomio porque, según sus palabras, «estaba lleno de locos», fíjense si es buen chico que insiste en ser internado porque es consciente de su problema: «aunque no padezco de estrés, soy portador». Bueno, basta por hoy; me despido hasta que se reinicie el horario reducido de mi tarifa plana.

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