Martos, un enclave singular
Estimados y computados amigos de la red; no dejo de avanzar en el intrincado mundo de la comunicación virtual como un buque rompehielos, lento y torpe, pero seguro y decidido hacia su destino final, aunque todavía me enrede en meandros de novato.
Por ejemplo, muchas páginas web me preguntaban por un tal Nick, y pensaba yo que debía tratarse de alguien importante en general y americano en particular (por aquello de que tal nombre suena a cowboy, estibador de Nueva York o bateador de béisbol), pero acabo de descubrir que el tal nick no es más que el mote o sobrenombre que todo internauta se busca para pasar desapercibido en internet (hombre, para serles franco, ya me extrañaba a mí que hubiera gente por el mundo que hubiera sido bautizada como Lolita69 o DonCipote). Como yo no estaba en la onda, ya ven que firmo mis entradas en este blogcon mi verdadero apellido, tal y como figura en mi documental nacional de identidad. A estas alturas, para qué cambiarlo.
En fin, que me voy por las ramas (más bien redes) y ya saben que a mí me gusta aprovechar estas conexiones para desgranarles migajas de la vida de nuestra común amiga Cándida. Como ya saben, nació en Martos, población situada en la provincia andaluza de Jaén en la que, según reza cierto dicho local que la propia Cándida repite no pocas veces, «con poquito están hartos». También me contó que, de pura hambre que pasaba la familia, decidieron salirse del pueblo para cobijarse en un olivar, donde, junto a otros desheredados, colgaron mantas por las ramas de un árbol para montarse la versión rupestre de lo que ahora conocemos como chalet adosado. Ya ven ustedes qué optimismo.
Suele señalar Cándida que Martos destaca como tierra adecuada para la herpetología, esto es, el estudio de reptiles y anfibios, pues la zona estaba infestada de animales de ese tipo. Me cuenta ella, y siendo así no tengo por qué no creerlo, que en Jaén tenían embalsamado un lagarto que se comía a las personas de lo grande que era. Como también me relató la historia de una chica que, estando con su novio, se despojó de su ropa interior y se le metió una salamandra para adentro.
Aprovechando las fiestas navideñas que ya se acercan, suele recordar Cándida que en la Nochebuena iban las chicas de Martos por las casas cantando villancicos, vamos, digo yo que tal cual lo vemos en los telefilms americanos de sobremesa. Ella rascaba una botella rizada, de esas de anís, con una cuchara, y las otras se apañaban chocando tapaderas de la olla a modo de platillos. En unos sitios les daban un poquito de turrón y en otros un pastel o una copita. Me disculparán, pero tanto mentar el goloso tentempié y el animado espirituoso, como que me está apeteciendo llenar el buche y regar el gaznate. Por ese orden.







